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TALLERES DE ÉTICA Y VALORES DEL TERCER PERIODO 9°

INFORMACIÓN:

- POR CADA TALLER REALIZAR UNA ILUSTRACIÓN DE ACUERDO AL TEMA 

- COPIAR EL NOMBRE Y EL NÚMERO DEL TALLER Y LAS PREGUNTAS DEL CUESTIONARIO 

Taller de ética y valores Nº3.1

Tema: Ser solidarios

                             

Hay muchas situaciones de sufrimiento en el mundo actual que nos llevan a pedir solidaridad a toda la sociedad para mitigarlas; poblaciones afectadas por alguna catástrofe de la naturaleza, familias condenadas a la miseria por la enfermedad o la imposibilidad de trabajar, poblaciones arrasadas por la guerra, personas que por nacimiento o por accidente quedan inválidas, grupos étnicos que han sido marginados del progreso moderno, naciones pobres o empobrecidas del tercer mundo, etc.

Son situaciones que salen del ámbito de la justicia, ya que a nadie se le puede hacer responsable en estricto derecho de haber causado tal situación. Sin embargo, sentimos que debemos hacer algo para ayudar a esas personas que sufren. En ese caso no podemos hacer otra cosa que acudir a los sentimientos de bondad y compasión que brotan espontáneamente en el ser humano. La solidaridad es un valor que cada día cobra más fuerza en la sociedad, con independencia de cualquier motivación religiosa o ideológica.

[…] La solidaridad  se puede dar en situaciones muy diferentes. A veces al interior de un mismo grupo, pequeño o grande, para asegurar el logro de sus interese, por ejemplo, en un sindicato se pide a los miembros solidaridad para apoyar la huelga. Otras veces, entre grupos que parecen no tener vínculo alguno entre sí, cuando se pide ayuda en los países del primer mundo para una población del tercer mundo que ha sido víctima de un desastre natural. Otras veces, dentro de un grupo en que se da mucha desigualdad de bienestar entre sus miembros y se pide a los más afortunados ayudar a los más necesitados.

[…] Esto nos permite intentar definir la solidaridad como la aceptación de un vínculo con otras personas, cercanas o lejanas, que se encuentran en situación de necesidad, el cual nos impone la obligación moral de ayudarlas a salir de dicha situación. La capacidad de conmovernos ante el sufrimiento que afecta, o puede afectar, a otros seres humanos o a nuestro mismo grupo es la que nos lleva a solidarizarnos con personas o grupos extraños y con los demás miembros de nuestro grupo.

Son las condiciones mismas de la existencia humana las que nos obligan a ser solidarios. Podemos mencionar la mortalidad a la que estamos sometidos todos por igual, la vulnerabilidad física y psicológica, la limitación de recursos en el planeta Tierra y la fragilidad de los ambientes naturales, las penalidades que entraña el trabajo y el progreso, las amenazas que soporta cualquier vínculo de unión y forma de convivencia.

Individualismo contra solidaridad

No es tan extraño encontrarnos con personas que raras veces dan muestras de solidaridad. Si acaso se muestran solidarias con familiares, compañeros de trabajo o amigos; pero nunca con personas ni grupos desconocidos. Oímos con frecuencia las expresiones como las siguientes: “Bastantes problemas tengo yo como para ponerme a ayudar a otros”; “si trabajaran un poco más y construyeran mejor sus casa, no les pasarían esas calamidades”, “si están en la miseria es porque no ahorran”; “lo que yo tengo me ha costado mucho trabajo, no voy a regalárselo ahora”; “yo qué voy a dar dinero a esa organización, quién sabe si les llegará a los necesitados o se quedarán con él los organizadores”. Hay quienes van más lejos y dan argumentos en contra de la solidaridad; éstos son insolidarios por principio. Estos argumentos suelen prevenir de la idea evolucionista de la supervivencia de los más fuertes. La supervivencia y el mejoramiento de la especie dependen de que se hagan más fuertes los individuos más capaces para sobrevivir, y desaparezcan los más débiles. Mantener artificialmente a los débiles, que no sobrevivirán por sí mismos, significa desperdiciar recursos y empobrecer las posibilidades de desarrollo de la especie. El liberalismo económico, individualista por principio, lleva este pensamiento en sus entrañas.

La falta de solidaridad nos perjudica a todos. La interdependencia que a todos nos afecta, en cualquier tipo de sociedad: ¡Un barrio, una ciudad, una nación, la comunidad de naciones!, nos obliga a tener actitudes solidarias.

[…] La calidad de vida en una sociedad depende directamente de la solidaridad que se da entre sus miembros. El abandono de la solución de los problemas en manos de políticos egoístas y corruptos, el encerrarse en casa preocupados sólo por la propia seguridad y el propio bienestar el desentenderse de los problemas de los más pobres, etc, va haciendo que aumenten los problemas sociales y se deterioren las condiciones de convivencia.

[…] Si no hay solidaridad para solucionar a tiempo los problemas de los grupos y de las personas que están en grave necesidad, poco a poco se va deteriorando la calidad de vida de todos y surgen problemas graves que ponen en peligro la convivencia y la gobernabilidad.

Egoísmo y alteridad en la solidaridad

[…] La solidaridad puede darse con fines claramente egoístas para beneficio de un grupo, implicando incluso perjuicio para otras personas. A veces la solidaridad es para delinquir o para ocultar delitos. En estos casos no se trata del valor de la solidaridad, sino del egoísmo del grupo que busca sus propios intereses, en perjuicio de la sociedad. El valor moral de la solidaridad radica en la bondad de la acción que se lleva a cabo en beneficio de otros. La acción puede ser egoísta o altruista y, en el primer caso, puede entrañar perjuicios para otros, lo cual la vuelve injusta.

El deber de practicar la solidaridad al interior de un grupo para obtener beneficios y vivir mejor no es algo que necesite mayor fundamentación. Cualquier persona inteligente la pondrá en práctica. Lo que sí necesita reforzarse es el sentido de la solidaridad como un deber de ayudar a otros en beneficio exclusivamente de ellos mismos, y esto sólo es posible cuando se tiene conciencia del valor del “otro” como persona, con la misma dignidad y el mismo derecho a ser feliz que yo. Así como el amor propio nos ayuda a perfeccionarnos, a progresar, a ser felices, el amor al otro, la “alteridad” como actitud de apertura y comprensión de las personas diferentes a mí, constituye la fuerza que nos impulsa a ser solidarios y construir una humanidad más feliz.

La auténtica solidaridad es intencionalmente universalista. No se reduce al interior de las fronteras de las comunidades a que uno pertenece, sean éstas pequeñas, como la familia, o grandes, como la nación, sino que se abre a todos los grupos humanos, próximos o extraños. La solidaridad hace que nos sintamos miembros responsables de la comunidad universal de personas, tanto de las generaciones actuales como de las futuras, e incluso de la gran comunidad de los seres vivos. El fundamento de esta solidaridad universal radica en que habitamos el mismo mundo y tenemos un destino común.

 Actividad

1. Nombra algunos sufrimientos humanos que sean cercanos a ti o a tu entorno familiar.

2. ¿Crees que la compasión es un sentimiento que surge en el ser humano de manera natural?

3. Piensa de qué manera los daños ecológicos y la escasez de recursos naturales exigen que haya solidaridad entre las naciones.

4. ¿Qué opinas respecto a que la mayoría de estas personas suelen ser defensoras de la democracia y se dicen cristianas?

5. Planea la realización de un acto de solidaridad que contribuya al bienestar de un grupo de personas. Acuda a la creatividad para conseguir los recursos y recuerde que los seres humanos no sólo necesitan ayudas materiales sino también afecto y compañía.

Taller 3.2 de Ética y valores 9°

 

Tema: El tiempo no regresa

 Antonia estaba alegre. Su relación con Fernando estaba pasando por ese momento maravilloso en el que todo son sonrisas y bromas, palabras dulces y tiernos apodos. Ese momento en el que volvemos a hablar como niños y la palabra mas dulce para nuestro oído es el nombre del ser amado.

Se levanto temprano, se duchó lentamente, dejando que el agua recorriera su cuerpo durante minutos y minutos, en los cuales se imagino que estaba en una blanca playa del caribe con ese mar de varios tonos de azul que hace que uno crea que el agua es parte de una película… porque es tan asombrosamente azul, tan variadamente azul… tan alucinantemente azul que nos cuesta trabajo creerlo. Estaba en esa playa imaginaria cuando sonó el teléfono. Lo escucho con nitidez, muy claramente, porque entre sus extrañas costumbres estaba la muy femenina de meter el auricular dentro del baño. Los teléfonos inalámbricos habían sido, en opinión de Antonia, uno de los máximos avances de la humanidad. Un brazo chorreando agua imaginaria del caribe alcanzo el aparato.

- Aló… ¿hola?

- ¿Antonia?

- Sí. Con ella.

- Soy yo.

- Yo también soy yo, que coincidencia -bromeó Antonia.

- Tengo que hablar contigo.

- ¿Laura?

- Antonia… estoy mal.

- No te reconocí. Suenas rara, como con gripa… o bronquitis… ¿Qué te pasa?

- Lo peor.

- ¿Qué?

- No puedo hablar… me estoy ahogando. ¿podemos vernos hoy?

- Hoy es sábado, ¿recuerdas? Salgo en diez minutos para la liga de patinaje. Pero, ¿qué sucede? Te noto muy triste.

- Quiero hablar contigo… tengo un dolor horrible…

- ¿Te paso algo? ¿Estás enferma?

- Peor que eso.

- Me asustas… ¿Dónde estás?

- En el infierno.

- ¿Qué?

- Así me siento, de verdad.

- En serio, ¿en dónde andas? ¿Estás en tu casa?

- Sí.

-Espérame…voy para allá. No te muevas.

- ¿Y tú patinaje?

- Tendría que patinarme el cerebro si prefiero irme a la liga en vez de ayudarte. No pensé que la cosa fuera tan grave, pero por lo que oigo…

- Gracias. Te espero. No te demores.

- Vale. Quédate ahí. No te muevas, que llego en unos veinte minutos.

Antonia se vistió como una autómata. No sabia que ropa elegia. Se sentía en la luna, como flotando. Su amiga Laura era una de las personas más alegres que había conocido y esta llamada la había dejado totalmente desconcertada. Estaba llorando. Su voz se había cortado porque estaba llorando y ella nunca había visto llorar a Laura. Había algo mas que tristeza en la voz de su amiga. Había algo roto. Como un cristal del tamaño de un edificio que se hubiera desmoronado de repente o, mas bien, como un diamante duro y violento que hubiera recibido un impacto tan violento que se hubiera agrietado, sin cambiar de forma pero perdiendo todo su brillo. Era como un cuerpo sin alma… no sabia por que pero la imagen que le llegaba a su mente era la de un zombie, uno de esos muertos vivientes de los que tanto se habla en Haití y en las películas de Hollywood.

Antonia espero frente a la puerta de la casa de su amiga hasta que ella la abrió. Estaba vestida con una camiseta larga y vieja. Tenia los ojos como dos brasas rojísimas y llevaba el pelo atado en una cola de caballo lacia y triste. La cara era blanca como la de un muñeco de cera. Subieron en silencio hasta la habitación de Laura. Antonia se sentó en la cama y, con las piernas muy juntas y las manos apretadas, hizo un gesto que quería decir: “Cuéntamelo todo, te escucho”.

Laura la miro largamente como queriendo recordar de su amiga antes de saber lo que tenia que contarle, como queriendo retener esa imagen por mucho tiempo, y luego lanzo una andanada de palabras que parecían una ráfaga de metralleta.

Las palabras dolieron como si fueran balas. Laura conto que había estado embarazada, si, que había estado, porque ella y su novio habían decidido abortar. Ahora llevaba tres días miserables, llorando, sintiéndose una persona asquerosa, un monstro, odiando a su novio, a ella misma y a la vida por ponerla en esa situación. Le saba vergüenza contarle esto a Antonia, pero si no lo hacia se iba a enloquecer.

- ¿Por qué me elegiste a mí? -pregunto Antonia, cuando pudo superar un poco el asombro.

- Porque eres la mejor persona del mundo y se que no vas a contárselo a nadie.

- No creo que sea la mejor persona del mundo, pero lo que si se es que te quiero mucho y lamento lo que paso, casi como si me hubiera sucedido a mí. No voy a hacerte sentir peor, ni quiero darte un sermón-dijo Antonia con firmeza-, pero lo que hiciste es grave y muy pero muy triste. Es doloroso y no se puede solucionar de ninguna forma. Lo hecho, hecho esta y el tiempo no regresa, no tienes una segunda oportunidad para corregir lo que hiciste. No me das asco no nada parecido. Solo siento tristeza infinita y cariño hacia ti.

Antonia se acerco a Laura y tomándola de las manos, continuo:

-Desearía que esto nunca hubiera pasado, desearía que hubieran actuado con mas responsabilidad, tu y tu novio, pero ahora solo puedes aceptar tu error, hablar con tus padres y pedir ayuda de todos los que estén capacitados para dártela. Yo no soy nadie para aconsejarte, pero estaré todo el tiempo que sea necesario al lado tuyo. Lo siento, pero ahora vas a tener que verme llorar, no aguanto más.

Las dos amigas se abrazaron fuertemente y lloraron en silencio, mojando la una la cara de la otra. Era uno de esos días en los que la tristeza nos invade el cuerpo y llena el aire de amargura. Uno de esos en los que nos parece imposible volver a sonreír.

Actividad

1. ¿Cuáles son las personas que mas amas en el mundo?

2. ¿En alguna ocasión has sentido un dolor, físico o emocional, que no creíste poder soportar? Describe las sensaciones que tuviste.

3. ¿Qué opinas de la reacción de Antonia?

4. ¿Cuál es la confesión mas importante que has hecho? ¿A quién?

5.Consulta la encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II y organiza un debate para comentar la postura de la iglesia católica respecto al aborto.

 

Taller 3.3 de Ética y valores 9°

           Tema: ¿Quién tuvo la culpa?

Cuando a Fernando lo llamaron a la rectoría, no entendió el motivo. Lo mismo pasó con Antonia y con la profesora de inglés y el profesor de educación física, y con todos los demás que iban entrando poco a poco al despacho. El tiempo había pasado y el rector citaba a una reunión que se centraría en algo que había sucedido un mes atrás. Habían sido treinta días para recapacitar y medir responsabilidades, para averiguar e intentar reconstruir los hechos. Treinta días de paciencia y reflexión, en los cuales el cerebro del rector había pasado de la estupefacción al disgusto, del asombro a la risa, de la ternura a la rabia, de la indignación a la tolerancia.

Ahora, cuando todos los implicados estaban reunidos, el rector sabía muy bien lo que había sucedido y estaba seguro de lo que tenía que decir.

— ¿Saben ustedes por qué razón los he citado esta mañana? —preguntó sin dudar.

Ninguno de los presentes estaba muy seguro y, por tanto, guardaron un prudente silencio.

—Repito, ¿saben ustedes por qué están aquí?

—Presumo que por alguna razón académica —respondió la profesora de inglés.

—No. No es una razón estrictamente académica lo que hace que estemos hoy aquí reunidos. Es más bien una cuestión de ecología.

—Pero, señor rector, creo que las actividades de este periodo ya estaban definidas. Yo misma hablé con usted la semana pesada. ¿Hay algún cambio que deba comunicarnos? —comentó la profesora de biología.

—Y si se trata de ecología, ¿qué hacemos los profesores de gimnasia y de idiomas en esta reunión? —preguntó el profesor de educación física.

—La razón, mis queridos colegas, es que hoy vamos a hablar de una ecología que no tenemos casi nunca en cuenta y que es, probablemente la más importante de todas. Estamos aquí reunidos, en mi oficina, para hablar del partido de fútbol que terminó en batalla campal y dejó a varios alumnos con heridas, y al colegio muy mal respecto a su capacidad de educar, de transformar los instintos violentos en algo más humano, más racional, más digno de las personas que creemos ser.

— ¿Qué creemos? —comentó la profesora de inglés.

—Sí, profesora, que creemos. Cuando sucede algo tan desafortunado, como ver a nuestros alumnos encarnizados en un combate absurdo, golpeándolo con saña y haciendo sangrar los rostros de los que debían ser sus amigos y compañeros, mientras los profesores brillamos por nuestra ausencia (estemos o no presentes), entonces vale la pena preguntarnos, qué tipo de personas somos y si el buen concepto que tenemos de nosotros mismos se justifica de alguna manera.

— ¿Estemos o no presentes? ¿Cómo podemos brillar por nuestra ausencia estando presentes, señor rector? —argumentó el profe de español.

—Me alegra que haya reparado en ese detalle, profesor. Sí. Ese triste día del partido de fútbol, muchos de nosotros no estábamos presentes por encontrarnos en actividades que nos capacitan mejor para nuestra labor como decente, pero los pocos maestros que permanecieron en la institución estaban, en mi opinión, más ajenos a la situación que los que habíamos salido.

—Señor rector, no estará insinuando que… —comenzó a decir el profe de educación física.

—No, profesor, no estoy insinuando nada. Lo estoy afirmando. Usted y la querida profesora de inglés, la señora Jenny, tuvieron un comportamiento absolutamente censurable, y si no he dicho nada en este tiempo es porque quería estar plenamente seguro de lo que había pasado. Quería cerciorarme, escuchar diferentes versiones y tener un panorama más amplio de lo acontecido. Pero hoy no tengo ninguna duda. La actitud de ustedes dos fue vergonzosa.

—Disculpe, señor, pero me parece que la culpa fue de nosotros, los estudiantes. Fuimos los jugadores los que nos enredamos en una lucha de puños y patadas que no tenía nada que ver con el fútbol. Los profesores no tuvieron que ver en eso —aseguró Fernando, con la certeza de que la culpa era más de sus compañeros y de él mismo que de ningún otro.

—Qué bueno que hable, señor Fernández, porque usted es uno de las más grandes defensores de los animales, junto con la señorita Jenny.

—Me perdona, rector, pero no veo la relación que pueda existir entre los lamentables sucesos partidos de fútbol y el hecho de que yo defienda la justa causa de los animales. Sí, me declaro ecologista al igual que el alumno Fernández y no veo nada de malo en eso.

—Pues si vamos a hablar de ecología, yo mismo me declaro defensor del planeta. Recuerde, señor rector, que yo lidero las campañas de reciclaje en el colegio —aclaró el profe de educación física.

—Precisamente. Y la señorita es la encargada de ilustrar con bellísimos afiches esas campañas que usted lidera. No, no crea que me olvido de nada. Conozco muy bien los intereses de ustedes. Sé que contamos con todo un ejército de ecologistas. Es por que se me ha ocurrido retomar el tema en esta reunión.

Hubo un silencio largo en la sala.

—Estoy dispuesto a aceptar cualquier sanción —dijo finalmente Fernando, al no lograr comprender las palabras del rector.

—Nadie ha hablado de sanciones —aclaró Antonia, temiendo que una de las posibilidades fuera que su novio tuviese que emigrar del colegio.

—Es cierto. No he hablado de sanciones. En esta ocasión quisiera que acudiéramos a nuestra conciencia y revisáramos lo sucedido. Tengo a los más grandes ecologistas del colegio reunidos en mi oficina y sé que ustedes pondrían el grito en el cielo si les comunicara que voy a organizar una matanza de tortugas, o que voy a poner de moda las peleas de perros en los recreos, ¿no es verdad? —aseguró el rector con una sonrisita enigmática.

— ¡Claro! —dijeron en coro tres de los presentes.

—Muy bien. Pues lo que se presenció durante el partido de fútbol del que estamos fue una pelea de animales feroces e implacables, que no dudaron en hacer sangrar a sus congéneres y que tampoco vacilaron en golpear incluso a las mujeres.

Los estudiantes se ruborizaron. Fernando recordó lo sucedido con Antonia. Los profesores miraron con gesto severo a los alumnos. El rector continuó.

—Pero fue aún más triste la actitud de la profesora de inglés, quien optó por ignorar la situación escondiéndose, o la actitud del profesor de educación física, quien consideró que era absolutamente normal que los hombres solucionaran sus problemas a punta de puños y patadas ¡Eso es más que vergonzoso!

El silencio fue general.

—Sí, queridos alumnos y estimados profesores. Lo que sucedió es vergonzoso y el principal  culpable soy yo. Mi deber es velar por la formación de los estudiantes y por qué haya una buena convivencia entre todos. Al parecer en algo me he equivocado. Los maestros eludieron su responsabilidad y ustedes, muchachos, se comportaron como los salvajes que matan y torturan animales. Hoy no aplicaré ninguna sanción. Sólo quiero recordarles que el ser más valioso de la creación es el ser humano, y que mientras éste sea infeliz o actúe de forma violenta, todo nuestro discurso ecológico sonará vacío e hipócrita. Comencemos por el trato que nos damos unos a otros. Nuestra paz es tanto o más importante que las tortugas o los delfines del Amazonas. Defendamos a todos los seres vivos, pero no olvidemos que el ser humano está primero. Quiero que dentro de ocho días traigan propuestas concretas sobre esta ecología humana que tanto me preocupa. Hasta entonces.

Actividad         

1. ¿Recuerdas algún momento de tu vida en el que hayas pasado por etapas tan contradictorias.

2. ¿Qué persona crees que eres? Haz una breve descripción.

3. ¿Alguna vez te has sentido ausente, aunque tu cuerpo esté presente?

4. Según lo que leíste. ¿Quién o quiénes fueron los verdaderos culpables de lo sucedido?

5. Si fueras sido el rector, ¿qué sanciones habrías aplicado? ¿Por qué?

6. En tu opinión, ¿cuál debió haber sido la actitud correcta de los dos profesores?

7. Imagina que eres uno de estos estudiantes y elabora una propuesta para preservar en buen estado, el ambiente humano de tu institución escolar.

Taller 3.4 de Ética y valores 9°

Tema: las leyes más importantes no 

están escritas

Gonzalo, Laura, Fernando y Antonia estaban reunidos al lado de la pista de karts. Los pequeños autos zumbaban al dar la curva cercana al montículo de césped donde los cuatro amigos se habían sentado a ver pasar la tarde y a hablar de sus vidas. Laura le había entregado a Gonzalo un sobre con billetes nuevos, recién salidos del banco. El muchacho había dejado el paquete sobre sus piernas sin atreverse a abrirlo. Fernando y Antonia miraron hacia otro lado, simulando no ver, no saber de que se trataba el sobre. Intentaban no remover el pasado. La idea era disfrutar la tarde, el sol rojizo, tal vez montar en esos veloces carritos, comerse un helado y no pensar demasiado.

Pasaron unos minutos en completo silencio. Finalmente, Antonia dijo que la tarde estaba linda. Fernando comento que esos karts no eran los mejores, pero que al menos rodaban al aire libre. Gonzalo empezó una frase que murió en su boca a los pocos segundos de iniciarla. Nuevamente el silencio de los labios y el zumbido de los motores. Cinco minutos de hielo. Ninguno miraba a nadie. El sobre hacia equilibrio en la pierna derecha de Gonzalo. Antonia enrollaba, nerviosamente, su bufanda azul. Fernando tosió.

—¿Qué les pasa? Ese sobre no es un soborno, ni me lo he robado. Es mi dinero y es para pagar una deuda que tengo con Gonzalo.

Lo sabemos— dijo Antonia.

—¿Entonces?

—Entonces, nada. Que me siento raro. Me siento mal. Hace varios días que me siento mal—explicó Gonzalo.

Fernando y Antonia miraron a Laura como queriendo decir que compartían los sentimientos de Gonzalo.

—¿Ustedes se sienten mal? ¿Y yo? ¿Cómo creen que me siento?

—Todos sabemos cómo te sientes- aclaro Antonia.

—¿Saben qué? En realidad, creo que no lo saben. Estas cosas se comprenden cuando las vives, no cuando te las cuentan. Finalmente acepte que Fernando supiera todo porque es el novio de mi mejor amiga y es una persona muy buena… pero no para que me mirara así… como si yo fuera una criminal. No he hecho nada ilegal, no he matado a nadie…— comenzó a decir Laura, pero de repente se interrumpió cayendo en cuenta de lo absurdo de sus palabras.

—Pues mira, yo soy tu amigo y te he ayudado en esto porque te quiero, pero si todavía crees que no has hecho nada ilegal, pues entérate, infórmate, en este país y en muchos otros, abortar es ilegal. En cuanto a eso de que no has matado a nadie…—protestó Gonzalo con dureza.

—¡Cállate! —gritó Antonia.

Laura los miro con una expresión de horror y de dolor que hacia innecesarias las palabras. Lloró despacio, sin gritos, sin quejidos, solamente dos hilitos de agua que quemaban las mejillas. Antonia lo abrazo muy fuerte como si Laura se estuviera muriendo de frío.

—Perdóname. No quería hablarte así. Es que todo es tan triste y tan absurdo. Eres una persona muy buena y te adoro, pero esto que ha pasado me hace sentir mal e impotente. Quisiera hacer algo para borrarlo. No quiero verte llorar, pero tampoco se me ocurre ninguna razón para reírnos—se disculpó Gonzalo.

—A mi no me importa si lo que ha pasado es legal o no. Es algo malo y triste que jamás debió suceder—dijo Fernando—. No se si Laura cometió un delito o si Gonzalo fue cómplice de un acto criminal, después de todo, nosotros dos también somos cómplices… pero creo que la cosa no es por ahí. Lo que pasa es que estamos hablando de algo que no aprueba una parte de nuestro ser, una parte que esta muy dentro de nosotros. Yo lo llamaría conciencia, otra gente lo llamaría corazón…

—Yo lo llamo alma —afirmo Antonia con la voz quebrada.

—Yo lo llamo vida, una vida que siempre ha sido injusta conmigo —se defendió Laura con rabia.

—La culpa no es de la vida, es de lo que nosotros hacemos, de nuestras decisiones —aclaró Gonzalo.

—¡Cállate! —repitió Antonia.

—Eso lo sabemos todos, no es necesario que lo aclares en estos momentos tan dolorosos —añadió Fernando.

—Déjalo que hable. Lo que dice, todo lo que dice, es verdad. Duele, duele como si me echaran sal en una herida, pero es verdad y tengo que aceptarlo y enfrentarlo —dijo Laura con una voz ronca que parecía la de una viejita de ochenta años.

—Es cierto, pero ahora no se trata de echarnos la culpa. Se trata de aceptar que todos nos hemos equivocado o, al menos, no estamos tranquilos con esta situación. No podemos devolver los días y lo que nos queda es reflexionar acerca de lo que paso para no volver a cometer los mismos errores —aconsejó Antonia.

—De nada me sirve que nadie me castigue por haber hecho algo en contra de la ley, si en el fondo de mi corazón me siento una criminal.

—Tienes razón. Hay una gran diferencia entre lo que es legal y lo que es correcto. En ocasiones la ley coincide con lo correcto, pero muchas veces las leyes no dicen nada sobre algunas cosas que hacemos. Es nuestra conciencia la que decide si actuamos bien o no. Y eso esta claro —argumento Fernando—. Lo que ha sucedido no es algo bueno, ni hermoso, ni agradable, pero tampoco debes dejar que esa sensación te acompañe de por vida. Hay una gran diferencia entre una persona mala y una persona que, como todo ser humano, se equivoca. Ninguno de nosotros duda de que seas una persona buena. Lo mas importante es que, de ahora en adelante, todas las cosas que hagas te permitan sentir orgullosa de ti. Yo estoy orgulloso de ser tu amigo, aunque te hayas equivocado.

—Yo pienso igual —aseguró Antonia.

—Y yo —dijo Gonzalo.

—¿Saben algo? Creo que no existe ninguna ley que diga que debemos apoyar a los amigos, pero pienso que si no hubiera sido solidaria con el dolor de Laura habría actuado de manera incorrecta. El tiempo se encargará de mostrarnos hasta donde nos hemos equivocado o acertado en estos días. Yo he hecho lo que creí que estaba mejor —comentó Antonia.

—Yo, en cambio, no estoy tan seguro —dudó Gonzalo—. En lo único que pensé fue en ayudar a Laura.

Los cuatro amigos callaron. Algunas pocas gotas de lluvia comenzaron a caer perezosamente. De repente, Laura exclamo: —¿Alguien me da un abrazo? Los otros tres muchachos reaccionaron al mismo tiempo y, bajo la lluvia que iba creciendo poco a poco, los cuatro amigos se confundieron en un fuerte abrazo que los convertía, al menos hoy, en un solo cuerpo con ocho brazos; en un gracioso, enredado y triste pulpo al que nadie habría deseado separarle ninguno de sus tentáculos.

ACTIVIDAD

1. ¿Como interpretas el título de esta lectura?

2. Si fueras Fernando o Antonia y estuvieras obligado(a) a decir algo ahora, ¿Qué dirías?

3. ¿Crees que habría sido mejor que naciera el hijo de Laura? ¿Qué hubiera sucedido entonces?

4. Cita algún ejemplo de una situación, real o imaginaria, en la que por ejercer nuestro derecho a elegir podemos tomas decisiones equivocadas.

5. ¿Crees que se puede ser solidario con las personas pero no con sus actos? Justifica tu respuesta con ejemplos concretos.

Taller 3.5 de Ética y valores 9°

Tema: EL mercader de Venecia

PORCIA. — ¿Es que no puede rembolsar el dinero?

BASSANIO. —Sí, ofrezco entregárselo aquí ante el tribunal. Más aún ofrezco dos veces la suma Si no basta, me obligaré a pagar diez veces la cantidad, poniendo como prenda mi cabeza, mis manos, mi corazón; si no es suficiente aún, está claro entonces que la maldad se impone a la honradez.

Os suplico por una sola vez que hagáis flaquear la ley ante vuestra autoridad, haced un pequeño mal para realizar un gran bien y doblegad la obstinación de este diablo cruel.

PORCIA. —No puede ser; no hay fuerza en Venecia que pueda alterar un derecho establecido; un precedente tal introducirla en el Estado numerosos abusos; eso no puede ser.

SHYLOCK. — ¡Un Daniel ha venido a juzgarnos, sí, un Daniel! ¡Oh joven y sabio juez, cómo te honro!

PORCIA. — ¡Dejadme, os ruego, examinar el pagaré.

SHYLOCK. —Vedle aquí, reverendísimo doctor, vedle aquí.

PORCIA. —Shylock se te ofrece tres veces tu dinero.

SHYLOCK. —Un juramento, un juramento, he hecho un juramento al cielo. ¿Echaré sobre mi alma un perjurio? No, ni por Venecia entera.

PORCIA. —Bien; este pagaré ha vencido sin ser pagado, y por las estipulaciones consignadas en él, el judío puede legalmente reclamar una libra de carne, que tiene derecho a cortar lo más cerca del corazón de ese mercader. Sed compasivo, recibid tres veces el importe de la deuda; dejadme romper el pagaré.

SHYLOCK. —Cuando haya sido abonado conforme a su tenor. Parece que sois un digno juez; conocéis la ley; vuestra exposición ha sido muy sólida. Os requiero, pues, en nombre de la ley; de la que sois una de las columnas más meritorias, a proceder a la sentencia. Juro por mi alma que no hay lengua humana que tenga bastante elocuencia para cambiar mi voluntad. Me atengo al contenido de mi contrato.

ANTONIO. —Suplico al tribunal con todo mi corazón que tenga a bien dictar su fallo.

PORCIA. —Pues bien; aquí está entonces. Os es preciso preparar vuestro pecho al cuchillo.

SHYLOCK. — ¡Oh noble juez! ¡Oh excelente joven!

PORCIA. — En efecto, el objeto de la ley y el fin que persigue están estrechamente en relación con la penalidad que este documento muestra que se puede reclamar.

SHYLOCK. —Es muy verdad, ¡oh juez sabio e íntegro! ¡Cuánto más viejo eres de lo que indica tu semblante!

PORCIA. —En consecuencia, poned vuestro seno al desnudo.

SHYLOCK. —Sí, su pecho, es lo que dice el pagaré, ¿no es así, noble juez? “El sitio más próximo al corazón”, tales son los términos precisos.

PORCIA. —Exactamente, ¿Hay aquí balanza para pesar la carne?

SHYLOCK. —Tengo una dispuesta.

PORCIA. —Shylock, ¿habéis tomado algún cirujano a vuestras expensas para vendar sus heridas, a fin de que no desangre y muera?

SHYLOCK. — ¿Está eso enunciado en el pagaré?

PORCIA. —No está enunciado; pero ¿qué importa? Sería bueno que lo hicieseis por caridad.

SHYLOCK. — ¡No veo por qué!, ¡No está consignado en el pagaré!

PORCIA. —Acercaos, mercader, ¿tenéis algo que decir?

ANTONIO. —Poca cosa. Estoy armado de valor y preparado para mi suerte. Dadme vuestra mano, Bassanio, ¡adiós! No sintáis que me haya ocurrido esa desgracia por vos, pues en esta ocasión la fortuna se ha mostrado más compasiva que de costumbre. Es su hábito dejar al desdichado sobrevivir a su riqueza para contemplar con ojos huecos y arrugada frente una pobreza interminable. Pues bien; ella me libra del lento castigo de semejante miseria. Encomendadme al recuerdo de vuestra honorable mujer; preferible todas las peripecias del fin de Antonio: decidle cómo os quería, hablad bien de mí después de mi muerte, y cuando vuestro relato haya terminado, instadle a que decida si Bassanio no era su verdadero amigo un tiempo No os arrepintáis de perder vuestro amigo y él no se arrepentirá de pagar vuestra deuda; pues si el judío corta bastante profundamente, voy a pagar vuestra deuda con mi corazón entero.

BASSANIO. —Antonio, estoy casado con una mujer que me es tan querida como la vida misma; pero la vida, mi mujer, el mundo entero no me son tan caros como tu vida. Sacrificaré todo, lo perderé todo por librarte de ese diablo.

PORCIA. —Si vuestra mujer estuviese aquí cerca y os oyera hacer un ofrecimiento parecido, os daría bien pocas gracias por ello.

GRACIANO. —Tengo una mujer que amo, lo declaro. Pues bien, quisiera que estuviera en el cielo, a fin de que intercediese con alguna potencia divina para cambiar el corazón de ese feroz judío.

NERISSA. —Hacéis bien de expresar un voto como ése en su ausencia. Expresado en su presencia, turbaría la tranquilidad de vuestra casa.

SHYLOCK. — (Aparte) He aquí los maridos cristianos. Tengo una hija; mejor hubiera querido que se casase con uno de la raza de Barrabás que vería con un cristiano por esposo. (En voz alta) Perdemos tiempo, te lo ruego, acaba tu sentencia.

PORCIA. — Te pertenece una libra de carne de ese mercader, la ley te la da y el tribunal te da y el tribunal te la adjudica.

SHYLOCK. — ¡Rectísimo juez!

PORCIA. —Y podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

SHYLOCK. — ¡Doctísimo juez! ¡He ahí una sentencia! ¡Vamos, preparaos!

PORCIA. —Detente un instante; hay todavía alguna otra cosa que decir. Este pagaré no te concede una gota de sangre. Las palabras formales son éstas: una libra carne. Toma, pues, lo que te concede el documento; toma tu libre de carne. Pero si al cortarla te ocurre verter una gota de sangre cristiana, tus tierras y sus bienes, según las leyes de Venecia, serán confiscados en beneficio del Estado de Venecia.

GRACIANO. — ¡Oh juez íntegro! ¡Adviértelo, judío! ¡Oh recto juez!

SHYLOCK. — ¿Es está la ley?

PORCIA. —Verás tú mismo el texto; pues ya que pides justicia, ten por seguro que la obtendrás, más de lo que deseas.

GRACIANO. — ¡Oh docto juez! ¡Adviértelo, judío!, ¡Oh recto juez!

SHYLOCK. —Acepto tu ofrecimiento entonces; páguenme tres veces el valor del pagaré y déjese marchar al cristiano.

BASSANIO. —Aquí está el dinero.

PORCIA. — ¡Despacio! El judío tendrá toda su justicia. ¡Despacio! Nada de prisas. No tendrás nada más que la ejecución de las cláusulas penales estipuladas.

GRACIANO. — ¡Oh judío! ¡Un juez íntegro, un recto juez!

PORCIA. —Prepárate, pues, a cortar la carne; no viertas sangre y no cortes ni más ni menos que una libra de carne; si tomas más o menos de una libra precisa, aun cuando no sea más que la cantidad suficiente para aumentar o disminuir el peso de la vigésima parte de un simple escrúpulo; más aún si el equilibrio de la balanza se descompone con el peso de una cabello, mueres, y todos tus bienes quedan confiscados.

GRACIANO. — ¡Un segundo Daniel, judío, un Daniel! Aquí os tengo ahora, en la cadera, pagano.

PORCIA. — ¿Por qué se detiene el judío? Toma tu retractación.

SHYLOCK. —Dadme mi principal y dejadme partir.

BASSANIO. —Tengo el todo preparado para ti; aquí está.

PORCIA. —Lo ha rehusado en pleno tribunal. Obtendrá estricta justicia y lo que le conceda su pagaré.

GRACIANO. — ¡Un Daniel, te lo repito, un segundo Daniel! Te doy las gracias, judío, por haberme enseñado esa palabra.

SHYLOCK. — ¿No conseguiré pura y simplemente mi principal?

PORCIA. —No tendrás sino la retractación estipulada para que a tu riesgo la tomes, judío.

SHYLOCK. —Pues bien; entonces que el diablo le dé la liquidación. No me quedaré aquí más tiempo discutiendo.

PORCIA. —Aguarda, judío; la ley tiene todavía otra cuenta contigo. Está establecido por las leyes de Venecia que si se prueba que un extranjero, por medios directos o indirectos, ha buscado atentar contra la vida de un ciudadano, una mitad de sus bienes pertenecerá a la persona contra la cual ha conspirado, y la otra mitad al arca reservada del Estado, y que la vida del ofensor dependerá enteramente de la misericordia del dux, que podrá hacer prevalecer su voluntad contra todo fallo. He aquí, a mi juicio, el caso en que te encuentras, porque es evidente, por tus actos manifiestos, que has conspirado directa y también indirectamente contra la vida misma del demandado, e incurrido, por tanto, en la pena precedentemente enunciada por mí. Arrodíllate, pues, e implora la clemencia del dux.

Actividad

1. ¿Cuál crees que es la única ley que no podemos ni debemos eludir?

2. ¿Te parece que la caridad es un buen argumento para faltar a una ley?

3. ¿Crees que, en ocasiones, podemos tener derechos que van en contra de lo que nos dicta la conciencia? Cita algún ejemplo.

4. ¿Qué es para ti la justicia? Redacta una definición.

5. ¿Conoces casos de personas que estén dispuestas a producir sufrimiento y muerte con tal de que sus leyes se cumplan, o de obtener los beneficios de alguna ley?

Taller 3.6 de Ética y valores 9°

TEMA: SER O NO SER

—¿Qué quieres ser?

—No, no quiero ser nada.

—¿Qué dices?

—Eso. Que no quiero ser nada.

—¿Pero de que estás hablando, Fernando?

—Lo que oyes, amor de mi alma, que “cuando grande” no quiero ser nada. De hecho, no quiero ser grande.

—Ahora si que te chiflaste, estas loco, Fernando. Y deja de decirme amor de mi alma que esta no es una telenovela.

—Pero parecería. El joven humilde que se enamora de la rica y hermosa heredera. Nuestro amor debería firmarlo en las calles de ciudad de México.

—¡Fernando!

—Ya, ya… estaba bromeando.

—Eso espero, Fernando Alberto Fernández Martínez, o su noviazgo va a ser mas corto de lo que esperaba.

—Fernando Alberto… ¡jamás me habías dicho así!

—¿Acaso no es tu nombre?

—En realidad no. Así sale en los documentos, pero yo no me siento así. Yo soy Fernando y ya. Me importa muy poco como me hayan bautizado.

—Ahora resulta que no eres quién eres, hoy sí que estas para el manicomio.

—Hace rato que estoy para el manicomio… exactamente desde que te conocí. O para ser mas preciso, desde que decidiste coquetearme…

—¿Yo? ¿Coquetearte yo?

—Sí, tú. Antonia, mi Antonia.

—¿Tu Antonia? Yo no soy de nadie… cuidado, don Fernando.

—¿Ni de ti misma?

—¿Qué?

—¿Estas medio sordita? Te pregunto que si no eres de ti, de tu propiedad. Te pregunto que si Antonia es de Antonia.

—Oye… ahora sí que me preocupé. ¿Estás borracho?

—¡Antonia!...

—No, en serio, ¿Qué pasa?

—Nada. ¿No puedo pensar un día? No siempre tengo que jugar futbol o contestar los exámenes. Hoy he estado pensado. ¿Entiendes? Pensando, hablando conmigo, como hacia mucho rato no hablaba con nadie… y ¿sabes qué? Descubrí que me caigo bien.

—¿Qué te caes bien?

—Si. He descubierto que soy un buen tipo.

—Fernando, en serio, ¿Qué te pasa? ¿Me estas tomando el pelo?

—No. Hablo muy enserio. He pensado toda la mañana y he llegado a varias conclusiones importantes para mi vida.

—¿Y yo no estoy en esas conclusiones o pensamientos, o como se llamen?

—Por supuesto, Antonia de mi alma.

—¡Que no me digas así!

—¿Por qué no? Sabes que te quiero… ¿o no?

—Claro que se que me quieres. Si no fuera así no te soportaría… pero ¿Por qué me tienes que decir así?

—No “tengo” que decirte así. Lo digo porque me nace, me provoca, lo deseo. Y si te quiero, ¿con que te quiero? ¿con las ojeras? Pues no, mi Antonia, te quiero con el alma, te guste o no.

—Pero suena tan tonto…

—¿Te parece tonto que alguien te quiera con su alma?

—No. La verdad hoy si que me estas enredando. Bueno con tal de que me quieras tontazo…

—Pues ni tan tontazo… hoy las neuronas están trabajando horas extras.

—¿En qué?

—En eso de ser alguien cuando grande. Todos están preocupados por lo que van a estudiar y algunos del salón dicen que ya lo sabían desde siempre… que van a ser ingenieros o médicos o arquitectos… dicen que lo llevan en la sangre.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué es lo que llevas en la sangre?

—Libertad a borbotones. Tengo la suerte de que mi padre no me obligo a ser nada. Ni con su ejemplo, ni con su profesión, ni con sus sermones. Entonces yo, Fernando, no quiero ser nada… y ser todo.

—¿No quieres estudiar nada?

—Al contrario, quiero estudiar muchas cosas. Por ejemplo, leyes, derecho, jurisprudencia o como quieras llamarla.

—O sea que quieres ser abogado. Después de todo no estás tan loco, esa es una buena profesión.

—No, no quiero ser abogado. Quiero estudiar leyes, pero no limitarme a ser abogado.

—Y si estudias leyes, ¿no vas a ser abogado?

—No. Voy a ser una persona que sabe leyes y trabaja de abogado. No voy a ser solamente abogado. Mi vida no va a ser únicamente el trabajo, la profesión. Voy a ser Fernando, aunque me echen del trabajo, aunque me cambie de carrera, aunque trabaje en un lugar o en otro. Pase lo que pase, voy a hablar de globos aerostáticos, de animales, de la Antártida… voy a coleccionar postales del mundo entero, a trabajar de mesero en China, a jugar con mis hijos como si fuera otro niño. No voy a usar corbata jamás. No voy a trabajar 20 horas diarias, no voy a cambiar mi hogar por mi oficina ni voy a ahorrar y ahorrar hasta los noventa años. Voy a ser yo, ¿me entiendes?

—Creo que sí. Y lo que entiendo me gusta.

—Es mi forma de pensar… no quiero ser parte de las cosas sino un ser humano libre y completo. No tengo ni idea quién soy ahora… o al menos sólo tengo algunas pistas, pero de lo que sí estoy seguro es de que quiero ser una persona. ¡La mejor persona del mundo!

—¿De nada más?

—Si, tonta, lo sabes… también estoy absolutamente seguro de que te quiero.

—¿Con el alma?

—Ja, ja, ja… Sí, con el alma.

ACTIVIDAD

1. ¿Qué responderías cuando te preguntaban: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”

2. Si hubieras podido elegir, ¿Cómo te llamarías hoy?

3. ¿Podrías afirmar, igual que Fernando, que eres una buena persona y que te caes bien?

4. ¿Cómo te imaginas dentro de quince años? Haz una breve redacción.

5. ¿Qué es, para ti, una buena profesión?

6. ¿Cómo definirías a un ser humano “libre y completo”?

Taller 3.7 de Ética y valores 9°

     Tema: ¿Qué entendemos por personalidad?

Resulta muy interesante hacer una excursión etimológica del término personalidad para ir descubriendo sus entresijos. Las distintas acepciones nos muestran matices y vertientes que nos ayudan afirmar dicho concepto.

1. Personare: palabra latina que significa “resonar a través de algo” y, del griego prosopon, “cara, rostro, máscara”. Ambas tienen un fondo común, ya que en el mundo grecorromano la personalidad era la máscara que se ponían  los actores, a través de la cual salía resonando su voz. La vida es como un teatro en el cual uno desempeña un papel, muestra una conducta, juega un determinado rol. También tiene relación el término latino perisoma, que alude a “lo que rodea el cuerpo, incluida la ropa”, ya que el vestido suele entenderse como una prolongación del mismo que va más allá de las apariencias.

2. Per se unum: procedente del latín, esta construcción se refiere a la “unidad sintética”. Uno-a-um significa lo único, lo singular, lo peculiar u original; es decir, aquello que caracteriza.

3. Phersum: palabra de origen latino que se refiere a espejo. La personalidad es aquello que primero se ve a través del cuerpo y, en especial, de la cara. También existe el término speculum, del mismo significado.

4. Rostrum: “pico de las aves” y, en segunda acepción, “hocico” de los animales. Por extensión, “espolón o proa de un navío”. La cara es lo primero que se observa del otro y su geografía está llena de riqueza expresiva.

Tras este recorrido, ya podemos realizar una primera aproximación; la personalidad, es aquel conjunto de elementos físicos, psicológicos, sociales y culturales que se alojan en un individuo. Así pues, ingredientes diversos que forman una totalidad […]

La personalidad es aquel conjunto de pautas de conductas actuales y potenciales que residen en un individuo y que se mueven entre la herencia y el ambiente. De esta definición emergen dos ideas importantes que, junto a otras, van a marcar las diferencias entre unas personalidades y otras; lo hereditario frente a lo adquirido, el equipaje genético frente al ambiente. Por tanto, y aunando referencias, podemos decir que la personalidad es una estructura organizada y sintética, en movimiento, que abarca el cuerpo, la fisiología, el patrimonio psicológico y las vertientes social, cultural y espiritual. Se trata, pues, de una complicada matriz que deambula entre las disposiciones biológicas y el aprendizaje, y que da lugar a una serie de conductas manifiestas y encubiertas, públicas y privadas, externas e internas, ostensibles y ocultas, que nutren la forma de ser. […]

Siguiendo esta premisa, podemos afirmar que la personalidad es un estilo de vida que afecta a la forma de pensar, sentir, reaccionar, interpretar y conducirse por ella. Esta definición hace referencia a cuatro áreas: el pensamiento, la afectividad, la manera de afrontar las circunstancias que se nos van presentando a lo largo de los años y, por último la consecuencia de todo eso, que determina un tipo concreto de actuación. Es esencial que esta manera se encuentre fuertemente arraigada en el sujeto, sea sólida y no resulte fácil cambiarla.

Nuestra personalidad es nuestra mejor relación pública. Es como una orquesta, compleja y diversa, con muchos instrumentos que cumplen una función específica, pero cuyo resultado es una sinfonía; la conducta con sello propio, La persona es el director de la orquesta. […]

Con mucha frecuencia decimos que alguien nos sorprende por su fuerte personalidad. Además de notarse en el lenguaje que utiliza dicha persona, en sus gestos y en sus modales, la personalidad asoma a la cara, que es el espejo del alma. Ciertamente, al rostro vienen los paisajes interiores, que de alguna manera reflejan lo que está sucediendo en nuestra propia intimidad, en cualquiera de las partes de nuestro cuerpo. En la cara reside la esencia de la persona; ella nos resume. Dicho de un modo más rotundo, la personalidad está presente en la cara, vive en ella. Cuando nos encontramos con alguien, la primera relación que se establece es facial, es decir, cara a cara. Y esencialmente ocular. ¡Dicen tanto los ojos! Tienen su propio lenguaje, son como semáforos cuyas señales hablan de amor, ternura, pasión, desagrado, sorpresa, melancolía…, toda gama afectiva emerge de ellos. En conclusión, la cara y las manos, como partes descubiertas del cuerpo, son las que más expresan nuestros sentimientos.

En la cara tiene la persona su residencia, su chef soi. Muchas expresiones sencillas, de uso diario, reafirman esta idea del rostro como espejo del alma; por ejemplo: “dio la cara” “no me gustó su cara”, “¡la cara que puso!”, “no me olvido de aquella cara”… Por ello decimos que la cara es programática, porque anuncia la vida como un proyecto propio. En ocasiones su lenguaje es difícil de descifrar, porque puede tener un doble sentido y, por tanto, prestarse a confusión. […] Resumiendo, podemos decir que la historia psicológica del concepto personalidad se ha movido en la perspectiva interiorista, es decir, aquello que se encuentra almacenado dentro del individuo, y la perspectiva exteriorista, que hace referencia a lo que se encuentra fuera.

Actividad

1. Explica con tus palabras qué entiendes por personalidad.

2. Consigue una revista o un periódico. Recorta un rostro que le llame la atención y pégala en el cuaderno. Escribe la historia de esta persona de esta persona, a partir de lo que comunica la expresión de su cara.

3. Piensa en un personaje público o histórico a quien admires. Comenta cuáles de los rasgos de su personalidad te gustan y por qué.

4. ¿Por qué se puede comparar la personalidad con una orquesta? Explica.

5. Mírate al espejo y responde para ti: ¿Qué refleja tu cara? ¿Qué dicen tus ojos?

6. Teniendo en cuenta que lo que define a una persona no es su nombre ni su profesión ni el cargo que ocupa, ¿qué es para ti una persona?  

Taller 3.8 de Ética y valores 9°

Tema: ¿Quién dice?

Fernando pateo con todas sus fuerzas. El balón se elevo demasiado, supero la portería contraria y termino chocando contra uno de los muros del colegio. Quiso el destino que después de dos rebotes cayera en un cesto destinado a la recolección de cartón y papel, que estaba debajo del periódico mural del colegio. El muchacho se agacho y, antes de que sus manos tocaran el material sintético de la pelota, ésta giro sobre un eje invisible, como un trompo. Entonces levanto la cabeza y lo vio. El periódico mural. En realidad, las fotos y los titulares. La pelota quedo en el cesto. Inmóvil. Fernando olvido el futbol. Allí, en la pared de su nuevo colegio, había unos artículos que defendían el derecho a pelear, a golpearse, a dar puños y patadas en vez de hablar.

No podía creerlo. Había fotos de su pelea en el partido en el que había golpeado, sin querer, a Antonia, bueno a Antonia y a muchos más. ¿Quién las habría sacado? No recordaba a nadie con una cámara fotográfica, pero para ser sinceros, ese día podía haber desfilado un elefante en minifalda y no lo habría visto, lo único que recordaba eran los golpes. Los que había dado y… si, la cara de Antonia. Antonia asombrada, adolorida, tal vez enamorada desde entonces. ¿Pero quién le había tomado esas fotos? ¡Qué cara! Parecía un gorila con las fosas nasales agrandadas por la ira. Él. Él con la ceja rota. Él con los ojos desorbitados como un loco. Él, o, tal vez, no. No reconocía esa cara de hombre primitivo, de hombre de las cavernas. Esa pudo ser, algún día, su cara. Ahora no.

Pero, además de las fotos, había frases. Frases largas que pedían, con letras mayúsculas, que los dejaran ser hombres. ¿Qué?

—¿Quién escribió esto?

El grito de Fernando resonó en el patio. Algunos muchachos de cursos inferiores lo miraron con curiosidad.

—¿Quién escribió esto? —repitió con voz de trueno.

Varios niños de primaria se acercaron y le hicieron un corrillo lleno de voces y de risas.

—¿Quién saco estas fotos? —gritó.

Algunos profesores se acercaron atraídos por los gritos. Otros estudiantes de décimo y undécimo presintieron que sería bueno aproximarse, que allí había algo importante, que al menos diversión no faltaría.

—¿Qué sucede? ¿Cuál es el escándalo, Fernando? —preguntó Argumento, el profesor de historia.

—Eso es lo que quiero saber, profe, ¿Qué es lo que sucede en este colegio? ¿Por qué permiten que cualquier idiota use el periódico mural?

—Me imagino que es para que puedas usarlo tú también —respondió, con ironía, Avellaneda, uno de los alumnos de grado once.

—¿Fuiste tú? —preguntó Fernando, sintiendo que las fosas nasales se le ensanchaban.

—No. ¿Pero qué pasaría si lo hubiera escrito yo? ¿Qué me harías?

Fernando estuvo a punto de responder, de decir una barbaridad enorme, de ofender y amenazar a Avellaneda, pero el rostro de Antonia se cruzo por su mente. El rostro del rector apareció luego y esas dos caras, mas su propia conciencia, hicieron que se detuviera. La respiración volvió a ser normal.

—Sólo te diría que estás equivocado. Ese Fernando Fernández que sale en esas fotos está avergonzado de haber actuado como un salvaje.

—¿Ahora, el niño enamorado se avergüenza de haber actuado como un hombre? Eso ha sido lo único importante que has hecho en este colegio, antes de que te volvieras blandito y enamorado… con Antonia para arriba y para abajo.

Fernando no respondió. Sabia que lo estaban provocando y no iba a caer. Ahora no. Ya no era el mismo de antes y sabía que sus reacciones dependían de él, de nadie más.

—Avellaneda, retírese. Tengo que hablar con Fernández.

Avellaneda se alejo con una sonrisita, que parecía ser de lástima o de reto. Fernando se sintió aliviado.

—Profe, ayúdeme a quitar estas tonterías. Ayúdeme a limpiar este periódico de tantas fotos horribles y artículos que no deberían publicar en ninguna parte.

—No.

—¿Cómo dice?

—Que no te voy a ayudar a quitar nada y que si llegas a despegar alguna de esas fotos, te voy a imponer una sanción.

—¿Entonces usted esta de acuerdo con lo que dicen esas hojas? ¿Usted también apoya la violencia?

—Por supuesto que no. No apruebo ni defiendo el uso de la violencia. Yo no habría escrito esto ni habría publicado esas fotos.

—¿Entonces? No entiendo.

—Pues sucede que alguien lo hizo y ese alguien, aunque diga cosas que nos parecen absurdas y poco sensatas, tiene todo el derecho de expresar lo que piensa.

—¿Tiene derecho de escribir que en el colegio deberían dejarnos pelear porque somos hombres y no señoritas?

—Sí. Si eso es lo que piensa. Para eso es el periódico mural, el periódico de todos, no el tuyo o el mío.

—Y entonces, ¿no va a hacer nada?

—Yo no. A menos que arranques las paginas y las fotos… entonces si hare algo. Te sancionare por irrespeto a la libertad de expresión. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

—¿Yo? Pues nada. Usted acaba de decirme que tengo que quedarme con las manos atadas y respetar todas las locuras que dicen en este periódico… Pero, al menos, no me va a prohibir averiguar quien fue el canalla, ¿verdad?

—No, no te lo puedo prohibir, pero eso no importa. ¿Te molesta alguna persona en particular, o lo que dice el periódico?

—Pues lo que dice.

—Entonces, contesta, habla. No importa quien lo haya escrito. Lo que es relevante es que no estas de acuerdo, sea quien sea el autor. Te prohíbo que arranques paginas del periódico, pero nadie te prohíbe que pegues unas nuevas. ¿Por qué no escribes lo que piensas?

—Tiene razón. Eso es lo que hare. Pero, ¿Cómo puede permanecer tan tranquilo leyendo estas cosas, profe?

—No estoy tranquilo y me muero de ganas de leer tu respuesta, tus argumentos, pero recuerdo la frase de un filosofo que afirmaba: “No comparto nada de lo que dices, pero daría mi vida por defender el derecho que tienes de decirlo”.

—Gracias profe. Ésta es la clase suya que más me ha gustado.

ACTIVIDAD

1. ¿Crees que pelear es un derecho?

2. ¿Alguna vez has actuado de una forma tan rara que, difícilmente, parecerías ser tú el protagonista de los eventos?

3. Escoge una fotografía del periódico, recórtala y redacta una noticia relacionada con ella.

4. ¿Qué significa para ti: “actuar como un hombre?”

5. ¿Crees que todas las personas tienen derecho de decir todo lo que piensan? ¿Qué limites pondrías a la manera de expresar sus ideas?

6. ¿Qué habrías escrito tú, si fueras Fernando?

7. Menciona ejemplos de situaciones en las que los derechos de los demás priman sobre nuestro disgusto o nuestro desacuerdo.